Hay alimentos que cambiaron recetas. Y hay alimentos que cambiaron la historia. La papa es de los segundos.
Cuando la papa llegó a Europa en el siglo XVI, el continente vivía ciclos permanentes de hambruna. Los cultivos de trigo eran vulnerables al clima, a las plagas y a los ejércitos que quemaban campos como estrategia de guerra. La gente moría de hambre con una frecuencia que hoy nos costaría imaginar.
La papa cambió esa ecuación por varias razones al mismo tiempo.
Primero, producía mucho más alimento por hectárea que cualquier cereal. En el mismo espacio donde antes crecía trigo para alimentar a diez personas, la papa alimentaba a cuarenta.
Segundo, crecía bajo tierra, lo que la hacía invisible para los ejércitos y resistente a las heladas que arrasaban los cultivos de superficie.
Tercero, se podía almacenar durante meses sin necesidad de procesamiento complicado.
El historiador William McNeill argumentó que la adopción masiva de la papa en Europa entre los siglos XVII y XVIII fue uno de los factores que permitió el crecimiento poblacional que hizo posible la Revolución Industrial. Sin papa, sin trabajadores suficientes para las fábricas. Sin fábricas, sin industria moderna.
Una exageración, quizás. Pero no tanto.
La papa no solo alimentó generaciones enteras. Literalmente ayudó a construir el mundo moderno. Y todo comenzó con un tubérculo que Europa tardó más de cien años en tomarse en serio.
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